lunes, 10 de enero de 2011

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Sacaron los juegos de mesa. Los estrategas del dominó, asentaron el largo de sus espaldas. La fiesta de navidad se fue hacia la mesa. Y comenzó la cátedra de emplazamientos, de fintas, conteos, engaños, sesgos y sopas: al fin que había tiempo. Un par de esposos, hermanos y hermanas, cuñados y hasta un primo. Y una suegra ¿Qué quienes fueron los ganones? Las mujeres, aunque los hombres ganaron por puntos. Pobrecitos, la mujer de uno oreando la demanda de cojones del marido; una hermana pespunteando su soledad y su mala suerte con los pendejos de los hombres; otra pareja sacando a relucir el cansancio común surcido con besitos para ser vistos por los demás. Otra mujer saboreando la victoria del regreso a casa del marido que sólo tomó aire para enfermarse indefinidamente. La suegra feliz de que se cenara a la hora fijada y saciada de estar administrando alcohol, afectos y necesidad de dinero para el otro año. Caras y cartas; fichas y ajuste de tuercas a la enorme estructura parental: una fiesta de estrategias de muerte, de deseos cumplidos, de triunfos largamente trabajados y de castraciones permanentes, hijos fieles a la madre: las mujeres perdieron en el dominó y ganaron en la superficie política de la familia. Vagina mató penes. Buena fiesta. Se concluyó con coitos de poder. La mujer triunfó. El discurso de los machos arrasó y la palabra de las mujeres se impuso. Se demostró quien mandaba: el gran desplazamiento de la falocracia al falocentrismo. Cosas de los agujeros invertidos.

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