jueves, 21 de abril de 2011

87

Tenía una imagen maravillosa. Reunía drama, miseria, hundimiento espiritual, terror infantil, brutalidad, alcohol, todo en colores grises. Muy poco sol. También una potencia bíblica. Ya era un recuerdo, lo escuché por ahí. Incluso tenía un tufo de muerte, de conmoción y de culpa inacabable. El momento cristalizó en más de una cabeza y tiene que ver con un padre sin cordura e infantes con el cerebro licuado de terror. No puedo decir más. Son cosas que yo no viví. ¿Puedo utilizarlas para una marranada narrativa? No lo haré y no tiene que ver con las mierdeces de la moral. Tiene que ver con una disciplina: la tasa de lo que es real. No puede ser usado, es una roca inamovible que se ha dado: visible, única e irrepetible, mucho menos para asuntos que tienen que ver con la lectura y la escritura. Al escucharla a través de personas que no tienen nada que ver con esto de la creación, entendí el canon de la propiedad absoluta, la posesión de la experiencia real. Ese día entendí eso de lo real. Nada de lo virtual o del inmenso reino de lo artificial, cosas neutras al fin, lo podrá entender. Es la realidad y es totalmente suficiente, ya lo veo todos los días y es el diapasón que resuena en la cabeza de Isaac.

86

Me da vergüenza acomodar mis carritos, mis botellitas. Tengo que hacerlo como si las cosas estuvieran bien entre nosotros. Yo sé que me ves colocando más estantes para mis botellitas de borracho como tú les dices y más vitrinas para mis carritos. Taladro los putos muros y añado más tablitas para que la colección se vea impresionante. Quiero llegar a las mil quinientas botellitas de licores de todo el mundo. Es algo que soy yo, mis botellitas y mis carritos. Las has de ver, te han de caer gordas, has de decir ¿por qué éste buey hace eso en mi casa? ¿Por qué este buey no me alcanza, ya no me da, ya no me llega? ¿Y sigue poniendo sus putas botellitas de todo el mundo para que las siga viendo para cuando ya no esté aquí. Las voy a tirar todas, pinche briago de mierda, como si las botellitas fueran algo entre nosotros, como si creyera que me gustan, que me dan algo, que me tienen contenta, que me tocan, que me sacan de esta desesperación en la que me tiene. Maldito Mauricio, date cuenta que ya no, que te pasaste, que no se puede regresar, que es hora de que te vayas, aunque no quiera -eso has de decir-. Pinche Mau, qué voy a hacer con tanta mamada de botellita. Ni modo que alguna de las niñas las quiera guardar -eso has de decir-.

miércoles, 2 de marzo de 2011

85

La ropa recién planchada está en la silla grande. Hay que verla un buen rato. Esta imagen tranquiliza y ordena. Acabo de hacer una composición. Ahí quiero enseñar mi desorden que duele. En algún momento me asusté. La composición estaba demasiada desorganizada, demasiado tensa e intencionadamente despedazada. Quise mostrar la desesperación que implica estar en donde se tiene que estar: la luz artificial, los límites de las paredes, la tarea de los niños, la solidez desmedida e inexplicable del techo. Mi cabeza está rígida como si fuera ella la responsable de tensar las relaciones de esta casa. Pero no, mejor no. Por eso busqué una imagen de tranquilidad. La ropa recién planchada, cuidadosamente doblada y apilada por colores y tamaños sobre la silla grande. Mi mujer vio una parte de una película angustiante y eso me puso nervioso de más. Un matemático, la implacable álgebra familiar, la residual vida sexual y al final una enfermedad que parecía la solución de una fórmula matemática, es decir, igual a cero.
Entre esa película, la composición, la percepción de las tensiones arquitectónicas de la casa, la tardenoche densa, me ataranté. Recargué mi cabeza a escondidas de mi esposa sobre la olorosa y tibia ropa planchada a dejarme un momento así para mi solaz.

84

La verdad no me había dado cuenta. La casa se me apareció en todo su descuido, justo cuando me decidí a cambiar el filo de la ventana que se caía de oxidado. Mi mujer, gorda, solo me decía, -Sergio, la ventana se va a caer, no la abras tan de golpe-. Entonces descubrí el grado de deterioro en el que habíamos caído. El tarro de miel engrosado de dulce duro se dibujó perfectamente y vi, por primera vez, que la tele era la luz que más se usaba en la casa. Los procesos estaban echados, muy avanzados, suciedad de manos en los apagadores y sarro dominando el borde de los excusados. Miriam, por fortuna, no dijo más, para ella la normalidad era una buena protección de todo el desastre que finalmente pondría en equilibrio nuestras cosas. Pero no, el destello no me haría cambiar, eso era de los que se hacían de una redención en la vida y yo no iba a sacar las toneladas de papeles de mi cuarto. No, las energías de esta casa tienen su razón de ser. Por lo mucho voy a hacer algo que tengo ganas de hacer desde hace tiempo: masticar mejor para que mi estómago trabaje menos y que Miriam siga como está. Ya es demasiado tarde para ella y no quiero en la casa dietas y acomodo de fuerzas en las habitaciones.

miércoles, 16 de febrero de 2011

83

Como un jugador que espera incorporarse a una velocidad de grupo, adopto una postura propicia. Imito a un atleta aunque no sea más que un espectador que simula arrojarse a la avanzada competencia para acercarme más al elemento de mis observaciones, todo para conseguir un detalle de la velocidad que me es ajena.

82

La señora en el camión, bien vestida, pestañas firmes y tupidas que nada tendrán que ver con sus ocultas vellosidades, buen perfume: equilibrado, no molesta, no pesa pero envuelve y evoca algo sí como conocimiento de su presencia. La señora cuenta a otra que no logro ver, creo, que un sueño: “Estoy viendo de cerca una aguja de tocadiscos como si fuera niña y puedo ver como la aguja corre dentro del surco del disco. No quiero ver eso, me desespera, estoy viendo demasiado de cerca. Las cosas son muy grandes y el raspado me molesta, son crujidos que no son música. Estoy ahí y no puedo irme. Entonces veo a un señor que escucha la canción con gratitud. Siento que él no sabe lo que tiene que suceder para que alguien disfrute de las canciones mientras yo oigo el raspado”. El perfume es lo que yo tengo que soportar: demasiado agradable, no huele a mujer. Sé a lo que huele una mujer y ella no sabe lo que tengo que pasar para que ella se crea lo que es.

81

Nadie vive una vida equivocada. Observo con atención y estupor que la gente hace lo que tiene que hacer. Todo en ellos es macizo: cada uno de sus actos, cada uno de sus objetos, cada uno de sus conocimientos. Nadie duda de sí, nadie tiene alguna clase de titubeo importante, salvo los de su anclaje. Se es y ya. Yo ando por entre estas variedades de la verdad con la sensación de que no hago lo que quiero porque no sé que es lo que quiero. De querer, querer, no de querer porque uno tiene que querer, como eso del deseo, el ser reconocido o de andar imaginando muertes, no eso no. Querer, querer. Esa mi molestia es continua, recurrente, aunque con ella como que puedo ver mejor. La duda me permite observar mejor, me pone a testificar. Soy un testigo. Mi incomodidad es saber que tengo testimonios de lo que es verdad, visible y patente, aunque no sé que pueda hacer con los testimonios, será cosa de la especie, no sé, algo debe andar acumulando a mi través. Esa inquietud me inmoviliza, testifico demasiado. Me detengo en una esquina del centro y ahí estoy testificando todos los rostros y vestuarios y formas de defenderse de la desaparición y la irrelevancia. Aunque no se me quita eso de estar viviendo una vida equivocada porque testifico mucho y no sé que hacer con eso. Envidio a los demás que tienen la certeza de hallarse por el camino correcto.