La verdad no me había dado cuenta. La casa se me apareció en todo su descuido, justo cuando me decidí a cambiar el filo de la ventana que se caía de oxidado. Mi mujer, gorda, solo me decía, -Sergio, la ventana se va a caer, no la abras tan de golpe-. Entonces descubrí el grado de deterioro en el que habíamos caído. El tarro de miel engrosado de dulce duro se dibujó perfectamente y vi, por primera vez, que la tele era la luz que más se usaba en la casa. Los procesos estaban echados, muy avanzados, suciedad de manos en los apagadores y sarro dominando el borde de los excusados. Miriam, por fortuna, no dijo más, para ella la normalidad era una buena protección de todo el desastre que finalmente pondría en equilibrio nuestras cosas. Pero no, el destello no me haría cambiar, eso era de los que se hacían de una redención en la vida y yo no iba a sacar las toneladas de papeles de mi cuarto. No, las energías de esta casa tienen su razón de ser. Por lo mucho voy a hacer algo que tengo ganas de hacer desde hace tiempo: masticar mejor para que mi estómago trabaje menos y que Miriam siga como está. Ya es demasiado tarde para ella y no quiero en la casa dietas y acomodo de fuerzas en las habitaciones.
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