miércoles, 2 de marzo de 2011

85

La ropa recién planchada está en la silla grande. Hay que verla un buen rato. Esta imagen tranquiliza y ordena. Acabo de hacer una composición. Ahí quiero enseñar mi desorden que duele. En algún momento me asusté. La composición estaba demasiada desorganizada, demasiado tensa e intencionadamente despedazada. Quise mostrar la desesperación que implica estar en donde se tiene que estar: la luz artificial, los límites de las paredes, la tarea de los niños, la solidez desmedida e inexplicable del techo. Mi cabeza está rígida como si fuera ella la responsable de tensar las relaciones de esta casa. Pero no, mejor no. Por eso busqué una imagen de tranquilidad. La ropa recién planchada, cuidadosamente doblada y apilada por colores y tamaños sobre la silla grande. Mi mujer vio una parte de una película angustiante y eso me puso nervioso de más. Un matemático, la implacable álgebra familiar, la residual vida sexual y al final una enfermedad que parecía la solución de una fórmula matemática, es decir, igual a cero.
Entre esa película, la composición, la percepción de las tensiones arquitectónicas de la casa, la tardenoche densa, me ataranté. Recargué mi cabeza a escondidas de mi esposa sobre la olorosa y tibia ropa planchada a dejarme un momento así para mi solaz.

84

La verdad no me había dado cuenta. La casa se me apareció en todo su descuido, justo cuando me decidí a cambiar el filo de la ventana que se caía de oxidado. Mi mujer, gorda, solo me decía, -Sergio, la ventana se va a caer, no la abras tan de golpe-. Entonces descubrí el grado de deterioro en el que habíamos caído. El tarro de miel engrosado de dulce duro se dibujó perfectamente y vi, por primera vez, que la tele era la luz que más se usaba en la casa. Los procesos estaban echados, muy avanzados, suciedad de manos en los apagadores y sarro dominando el borde de los excusados. Miriam, por fortuna, no dijo más, para ella la normalidad era una buena protección de todo el desastre que finalmente pondría en equilibrio nuestras cosas. Pero no, el destello no me haría cambiar, eso era de los que se hacían de una redención en la vida y yo no iba a sacar las toneladas de papeles de mi cuarto. No, las energías de esta casa tienen su razón de ser. Por lo mucho voy a hacer algo que tengo ganas de hacer desde hace tiempo: masticar mejor para que mi estómago trabaje menos y que Miriam siga como está. Ya es demasiado tarde para ella y no quiero en la casa dietas y acomodo de fuerzas en las habitaciones.

miércoles, 16 de febrero de 2011

83

Como un jugador que espera incorporarse a una velocidad de grupo, adopto una postura propicia. Imito a un atleta aunque no sea más que un espectador que simula arrojarse a la avanzada competencia para acercarme más al elemento de mis observaciones, todo para conseguir un detalle de la velocidad que me es ajena.

82

La señora en el camión, bien vestida, pestañas firmes y tupidas que nada tendrán que ver con sus ocultas vellosidades, buen perfume: equilibrado, no molesta, no pesa pero envuelve y evoca algo sí como conocimiento de su presencia. La señora cuenta a otra que no logro ver, creo, que un sueño: “Estoy viendo de cerca una aguja de tocadiscos como si fuera niña y puedo ver como la aguja corre dentro del surco del disco. No quiero ver eso, me desespera, estoy viendo demasiado de cerca. Las cosas son muy grandes y el raspado me molesta, son crujidos que no son música. Estoy ahí y no puedo irme. Entonces veo a un señor que escucha la canción con gratitud. Siento que él no sabe lo que tiene que suceder para que alguien disfrute de las canciones mientras yo oigo el raspado”. El perfume es lo que yo tengo que soportar: demasiado agradable, no huele a mujer. Sé a lo que huele una mujer y ella no sabe lo que tengo que pasar para que ella se crea lo que es.

81

Nadie vive una vida equivocada. Observo con atención y estupor que la gente hace lo que tiene que hacer. Todo en ellos es macizo: cada uno de sus actos, cada uno de sus objetos, cada uno de sus conocimientos. Nadie duda de sí, nadie tiene alguna clase de titubeo importante, salvo los de su anclaje. Se es y ya. Yo ando por entre estas variedades de la verdad con la sensación de que no hago lo que quiero porque no sé que es lo que quiero. De querer, querer, no de querer porque uno tiene que querer, como eso del deseo, el ser reconocido o de andar imaginando muertes, no eso no. Querer, querer. Esa mi molestia es continua, recurrente, aunque con ella como que puedo ver mejor. La duda me permite observar mejor, me pone a testificar. Soy un testigo. Mi incomodidad es saber que tengo testimonios de lo que es verdad, visible y patente, aunque no sé que pueda hacer con los testimonios, será cosa de la especie, no sé, algo debe andar acumulando a mi través. Esa inquietud me inmoviliza, testifico demasiado. Me detengo en una esquina del centro y ahí estoy testificando todos los rostros y vestuarios y formas de defenderse de la desaparición y la irrelevancia. Aunque no se me quita eso de estar viviendo una vida equivocada porque testifico mucho y no sé que hacer con eso. Envidio a los demás que tienen la certeza de hallarse por el camino correcto.

viernes, 28 de enero de 2011

80

Si amiga, ya entendí lo del POP, de veras, porque el chucho, ya ves, si no oyes lo que le gusta eres pendejo y ya tengo cómo decirle lo del POP. Mira manta: POP es como una pequeña explosión como de las burbujas de jabón. No, no mames, no te burles culera. Mira, es como, -hazme caso hija de la chingada y pídete otra-, es como cuando algo revienta suavemente POP, POP y revienta apenitas, suavemente: Dura un instante y pop, se muere, es un instante. POP. POP. No tiene raíz, no quiere ser más que un momento, le vale madre durar lo que dure, es como pura puta superficie. Es un momento vale verga, POP, vale madre, POP, bien padre, POP. POP. Hazme caso comadre. POP y muerte, pop y ya. POP y no más. Pop una o POP apenitas, POP. Oh tía escúchame es que ya estoy bien pendeja briaga. POP. Estoy bien POP. ¿A poco no? El POP sí sabe que uno se muere. POP. baila, POP, baila. POP baila. POP y ya. Me voy a chingar al chuch, tía, me lo voy a chingar...

miércoles, 19 de enero de 2011

79


Y puede ser la imagen de cualquier día. Un hombre se deja desesperar por su hija que está empecinada en hacerlo rabiar. El hombre deja con cuidado el plato que está lavando, toma a su hija, la gira y le aplica tres duras nalgadas. La niña se asusta del padre que la golpea y obedece la orden: irse a la recámara. Poco después sale y abraza al padre. La madre observa. El hombre ya tiene una roca en el vientre. Culpa y arrepentimiento. Imagina que varios hombres le propinan a él una golpiza como castigo. Al ir a la escuela la niña le toma ambas manos amorosamente. Parece que el padre le dio un alivio y él se ganó un peso amargo el resto del día. Y el rostro asustado de su hija permanece en su memoria. Podría ser lo de cualquier día.

Pero no, no lo es. El hombre se encarga de ello y resuelve: La familia tiene que percutir y ella existe realmente fuera de las imágenes virtuales. Ese centro, el hogar, es donde las mentes se dirimen, se definen las fronteras territoriales, se reeditan fantasmas que luego se legitimarán como frustraciones, promesas no suscritas y contratos vitalicios y hasta castraciones consentidas. Las personas adoptarán pieles ajenas y deseos de insatisfacción permanente que irán más allá de cualquier placer. Incluso se conformará el carácter y las perversiones, los delitos sin castigo, se pergeñarán enfermedades de superficie que terminarán en suicidio asistido.
No, no es cualquier día, acá en este otro hogar, es el día del refrendo en donde hay peculiaridades y singularidades, vértigo y apariciones en el propio cuerpo; el día que hay que recordar como el día donde se depositaron los mojones y se concluyó un tramo más del enredo de su hija con su padre y con su madre que observaba; sin saber la mujer que estaba presenciando un nuevo despliegue de las inteligencias en contextos muy reducidos que se reconocían, por fin, en revelaciones de una creatividad nativa de la justicia.