lunes, 11 de febrero de 2013

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Los cuatro sueños. Uno: En el sueño, con la conciencia temerosa y entre oscuridad, encontré a mi mujer dormida en la cama de mis padres. Dos: Tengo relaciones carnales con mi hermano y todo transcurría con extrañeza y fatalidad. Tres: Encuentro unas joyas extraviadas en la parte oculta de los cajones de un trinchador de mi abuela. Estaba seguro de que se pondría muy contenta de mi hallazgo ya que se veían muy bien trabajadas, muy valiosas, como de oro. Cuatro: una mujer con la que tuve una relación me presume de su próxima boda con un hombre de ojos hermosos. 

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Dibujar una escena fundamental: el ser golpeado por su madre. La imagen debe expresar una especie de continuidad de modo que quien lo vea sienta que lo golpeado es continuamente golpeado. Prescindir de una representación figurativa: pellizcones a un menor hasta arrancar un trozo de piel. La cara del niño de consternación que experimenta un dolor desconocido. No. Dibujar algo así: el cuerpo del hijo contiene y es límite de la expresión violenta de su madre que en un acto de paroxismo histérico halla en el hijo un límite. El cuerpo psíquico del niño es la contención de la mujer. El cuerpo físico no existe, es un entorno materno, una coloración, un hasta aquí, un perímetro territorial que se asume como tal a modo de contrato-permiso de ser golpeado sin moderación, sin pensar en consecuencia y de gozar el acto de violencia. Poco color. Algo que de tan abstracto confunda.

domingo, 25 de noviembre de 2012


caricriatura: 104

Yo ya no puedo morirme. Morirse es una experiencia menor cuando se ha vivido como lo he hecho. Y ni creas que me pasé en drogas, sexo, escrituras, artes y ciencias, brujerías o experiencias extremas, no. Nada de eso. Nada de esas mierdas. Me la pasé concibiendo, a solas, conmigo, no necesité de nada de lo que se necesita en estos tiempos: matar, joder a caballo de coca, embarrarse por ahí con alguna máquina o con alguna mujer, sufrir de amor o suicidarme. Yo ya me moría desde antes. No fue cosa del diablo, de Dios, de justicias. Nada de eso. Estoy muerto porque lo he hecho desde niño. Desaparecí. Y cuando me muera será, efectivamente, un evento neutro, majestuosamente ridículo. También es porque vivo produciendo mi propia droga. Puedo ver muchas cosas superpuestas, en simultáneo, como si viera la cadena de las causas y los efectos, de los cómos, paraqués y desde cuándos. Veo, por ejemplo, una mujer y puedo ver su necesidad, su poder eventual, su impulso de imponer lo que dice sobre lo que digo. Y veo a un hombre y veo su ridículo, sus ganas movidas por ganas de otra cosa. Puras pendejadas. Por eso yo no puedo morirme porque tengo cosas muertas que la gente tiene vivas. Los que se mueren, son los demás. Yo no, yo ya lo hice y me entenderán cuando este todo muerto. Y dirán: tenía razón, éste ya se había muerto desde antes….
uno es no dos.