jueves, 21 de noviembre de 2013
lunes, 11 de febrero de 2013
107
Tal vez, cuando en
algún día de tu vida, cuando llegues a un determinado golpe de conciencia por
el cual hayas podido medir lo real; tal vez, ese día, el día en el que
concebiste y pensaste los
condicionamientos de estar horrorosamente vivo porque ello te dio la dimensión
de las cosas; tal vez ese día puedas decir que es imposible que puedas morir.
Porque morir es desaparecer, es decir no estar de ninguna manera en lo que es
Real. Pero si el calibre de tu golpe de conciencia te ha permitido adoptar una
posición fluida en la expansión interminable del ser, movimiento que va en
sentido contrario a la línea del tiempo y transcurre en todo momento, hacia
todos lados, conteniendo su manifestación permanente, esa monstruosidad que todo
lo reúne y lo comprehende; entonces en ese punto has conseguido la
intemporalidad y retirado todos los condicionamientos que van a deteriorar sin
remedio a tu cuerpo.
106
Los cuatro sueños. Uno:
En el sueño, con la conciencia temerosa y entre oscuridad, encontré a mi mujer
dormida en la cama de mis padres. Dos: Tengo relaciones carnales con mi hermano
y todo transcurría con extrañeza y fatalidad. Tres: Encuentro unas joyas
extraviadas en la parte oculta de los cajones de un trinchador de mi abuela.
Estaba seguro de que se pondría muy contenta de mi hallazgo ya que se veían muy
bien trabajadas, muy valiosas, como de oro. Cuatro: una mujer con la que tuve
una relación me presume de su próxima boda con un hombre de ojos hermosos.
105
Dibujar una escena
fundamental: el ser golpeado por su madre. La imagen debe expresar una especie
de continuidad de modo que quien lo vea sienta que lo golpeado es continuamente
golpeado. Prescindir de una representación figurativa: pellizcones a un menor
hasta arrancar un trozo de piel. La cara del niño de consternación que
experimenta un dolor desconocido. No. Dibujar algo así: el cuerpo del hijo
contiene y es límite de la expresión violenta de su madre que en un acto de
paroxismo histérico halla en el hijo un límite. El cuerpo psíquico del niño es
la contención de la mujer. El cuerpo físico no existe, es un entorno materno,
una coloración, un hasta aquí, un perímetro territorial que se asume como tal a
modo de contrato-permiso de ser golpeado sin moderación, sin pensar en
consecuencia y de gozar el acto de violencia. Poco color. Algo que de tan
abstracto confunda.
domingo, 25 de noviembre de 2012
caricriatura: 104
Yo ya no puedo morirme. Morirse
es una experiencia menor cuando se ha vivido como lo he hecho. Y ni creas que
me pasé en drogas, sexo, escrituras, artes y ciencias, brujerías o experiencias
extremas, no. Nada de eso. Nada de esas mierdas. Me la pasé concibiendo, a
solas, conmigo, no necesité de nada de lo que se necesita en estos tiempos:
matar, joder a caballo de coca, embarrarse por ahí con alguna máquina o con
alguna mujer, sufrir de amor o suicidarme. Yo ya me moría desde antes. No fue
cosa del diablo, de Dios, de justicias. Nada de eso. Estoy muerto porque lo he
hecho desde niño. Desaparecí. Y cuando me muera será, efectivamente, un evento
neutro, majestuosamente ridículo. También es porque vivo produciendo mi propia
droga. Puedo ver muchas cosas superpuestas, en simultáneo, como si viera la
cadena de las causas y los efectos, de los cómos, paraqués y desde cuándos.
Veo, por ejemplo, una mujer y puedo ver su necesidad, su poder eventual, su
impulso de imponer lo que dice sobre lo que digo. Y veo a un hombre y veo su
ridículo, sus ganas movidas por ganas de otra cosa. Puras pendejadas. Por eso
yo no puedo morirme porque tengo cosas muertas que la gente tiene vivas. Los
que se mueren, son los demás. Yo no, yo ya lo hice y me entenderán cuando este
todo muerto. Y dirán: tenía razón, éste ya se había muerto desde antes….
lunes, 19 de noviembre de 2012
lunes, 5 de septiembre de 2011
103.-
Se te muere el padre y dices: -así tenía que ser-. Todo tenía sentido para ello. De alguna manera, tu lo sabes, lo esperabas y también, como hombre realmente circuncidado, lo deseabas.
Y pudiste apreciar el mundo así: los destellos ganaron contorno, la cosa de las carreteras, lo que pasa en el trabajo y conocer las aprehensiones de las mujer con la que te líaste. Porque es una. Parece.
Pero cuando te dicen: le toca a tu madre, la cosa es diferente y lo descubres justo en el momento en que te enteras. Y no puedes, cuesta trabajo reconocer que cuando te enteras, que una inmensa fortaleza te ocupa y eso no puedes permitírtelo. Por eso unos caen en la cosa de irse de madre, pero yo tengo que asumir ese poder y esa distancia ante la humanidad.
Y eso que todavía no se muere.
domingo, 26 de junio de 2011
102
Martha, ese día llegó tarde. La casa oscura le ofendió. –ni una luz de cortesía-, reaccionó. Trastes sucios, la sala convertida en tiradero. Nada de cenar. – Estos no me esperan-. Martha estaba dolorosamente cansada, aunque una lucecita le esperanzaba. -Miguel me trata bien, es atento y serio. Tiene un rostro sereno y firme, no parece pensar porquería- pensó mientras tapaba a sus hijas y despegaba una paleta de dulce abandonada en una almohada.
Al entrar a la recámara, descubrió en la penumbra a Antonio, un marido pasado de peso, que poseía una triste cabeza que podía pensar diez porquerías sucesivas, emocionarse legítimamente del futból y pasarse las tardes viendo videos musicales imbéciles. Martha se sentó en la cama para contemplar dos cosas: el rostro desencajado de su marido y el proceso de su decepción matrimonial. Protegida absolutamente por su discurrir autoprotector, se detuvo a pasear su mirada por ese rostro que alguna vez la perturbó por su sobriedad. Ahora era un cuajo, totalmente suelto. El cansancio impidió que Martha buscara la cámara para sacarle una foto, no para que ella lo recordara, sino para que él viera el deprimente espectáculo doméstico que ella tenía que soportar con ese rostro de boca abierta, que roncaba y que estaba desposeído hoy, sobre todo hoy, de algún punto en donde detenerse a sentir algo agradable. Martha estaba asqueada y para acentuar su sensación acercó su nariz a la boca abierta de Antonio para oler y darle la razón de lo que pensaba. Sí, este hombre ya había pasado el límite del desagrado, ahora conoció la repugnancia. Decidió acostarse en el sillón de la sala. El sueño la sepultó hasta que las voces de las niñas la despertaron. Apenas podía ver y, al estirarse y bostezar ampliamente, descubrió en el otro sillón la Antonio, sentado con su café. Martha percibió que tenía un buen rato contemplándola dormida. Ella le preguntó con la voz ronca: ¿qué? Él respondió: -nada, ¿por?-
Al entrar a la recámara, descubrió en la penumbra a Antonio, un marido pasado de peso, que poseía una triste cabeza que podía pensar diez porquerías sucesivas, emocionarse legítimamente del futból y pasarse las tardes viendo videos musicales imbéciles. Martha se sentó en la cama para contemplar dos cosas: el rostro desencajado de su marido y el proceso de su decepción matrimonial. Protegida absolutamente por su discurrir autoprotector, se detuvo a pasear su mirada por ese rostro que alguna vez la perturbó por su sobriedad. Ahora era un cuajo, totalmente suelto. El cansancio impidió que Martha buscara la cámara para sacarle una foto, no para que ella lo recordara, sino para que él viera el deprimente espectáculo doméstico que ella tenía que soportar con ese rostro de boca abierta, que roncaba y que estaba desposeído hoy, sobre todo hoy, de algún punto en donde detenerse a sentir algo agradable. Martha estaba asqueada y para acentuar su sensación acercó su nariz a la boca abierta de Antonio para oler y darle la razón de lo que pensaba. Sí, este hombre ya había pasado el límite del desagrado, ahora conoció la repugnancia. Decidió acostarse en el sillón de la sala. El sueño la sepultó hasta que las voces de las niñas la despertaron. Apenas podía ver y, al estirarse y bostezar ampliamente, descubrió en el otro sillón la Antonio, sentado con su café. Martha percibió que tenía un buen rato contemplándola dormida. Ella le preguntó con la voz ronca: ¿qué? Él respondió: -nada, ¿por?-
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